
En el panorama contemporáneo de la pintura venezolana, donde la figuración se debate entre tradición y reconfiguración crítica, la práctica de Dayson Alejandro Piedrahita Alzate emerge como un ejercicio de tensión entre técnica, contexto y materia. Su obra no se limita a la representación de lo visible, sino que se articula como un campo donde lo pictórico se convierte en un dispositivo de pensamiento.
Artista radicado en Tovar, su formación se desarrolla desde temprana edad a través del dibujo y la pintura, consolidándose posteriormente en la Universidad de Los Andes. Este tránsito entre aprendizaje empírico y académico configura un lenguaje que se sostiene tanto en el dominio técnico como en la exploración conceptual. Su producción se inscribe dentro de una línea figurativa con inflexiones expresionistas, donde la imagen no se estabiliza, sino que se expone como proceso.
Desde sus primeras investigaciones, el uso del papel moneda devaluado como soporte y estructura marca una dirección significativa: el desplazamiento del valor económico hacia el valor simbólico. En estas obras iniciales, la materia ya no es neutra; es portadora de una crisis, de una economía en ruina que se traduce en superficie pictórica. Más que soporte, el material se convierte en enunciado.
Este interés por la relación entre imagen y valor encuentra resonancia en su evolución posterior, donde la pintura se intensifica durante el periodo de la pandemia, permitiéndole explorar nuevos recursos formales y profundizar en su lenguaje. La obra se vuelve más reflexiva, más consciente de su propia materialidad y de su lugar en el contexto contemporáneo.
Su consolidación dentro del circuito artístico nacional se evidencia en reconocimientos clave. En 2023 obtiene el Gran Premio del Salón de Artistas Noveles Rotary con una serie titulada Retratos, destacada por su carga poética y su capacidad de revelar experiencias vitales a través de la pintura. Un año más tarde, en 2024, recibe el Premio Arturo Michelena, uno de los galardones más relevantes de las artes plásticas venezolanas, con la obra Sagrada Familia, donde el jurado reconoce su dominio técnico y su propuesta innovadora dentro del conjunto expositivo.
Estas distinciones no solo posicionan su trabajo dentro de la escena nacional, sino que evidencian una práctica que dialoga activamente con la tradición pictórica venezolana, al mismo tiempo que la tensiona desde su presente. En sus obras, la figuración no es un retorno nostálgico, sino una estrategia para abordar lo humano desde su complejidad contemporánea.
Actualmente, su ejercicio se expande hacia la docencia y la autogestión, manteniendo un vínculo activo con la formación de nuevas generaciones y con la producción independiente. Esta doble dimensión —artista y agente cultural— refuerza el carácter procesual de su práctica.
En la obra de Dayson Alzate, la pintura no es únicamente imagen: es registro de una realidad atravesada por crisis, memoria y transformación. Su trabajo insiste en que, incluso en contextos de pérdida de valor, la imagen puede reconstruir sentido.
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