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NEWSLETTER 030 / Julio 2026
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En Emergentes 2, la práctica de Salomé Rojas se despliega como una investigación sobre aquello que no termina de llegar. Artista visual formada en la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia, Rojas ha desarrollado una trayectoria centrada en la experimentación interdisciplinaria, integrando dibujo, instalación, programación, computación física y dispositivos construidos desde la lógica del bricolaje. Su trabajo habita el espacio intermedio entre la presencia y la ausencia, entre la señal emitida y la señal perdida, construyendo una poética donde el error, la distancia y la incertidumbre dejan de ser fallas para convertirse en materia sensible.
A través de exploraciones vinculadas a la observación del paisaje, los fenómenos celestes, las ondas de comunicación y los sistemas tecnológicos, la artista desarrolla una práctica que examina las condiciones afectivas de la contemporaneidad. Su participación en exposiciones, residencias y espacios de investigación desde 2016, junto con su selección para el programa Biennale College Arte de la Bienal de Venecia, evidencia una producción orientada hacia la experimentación y el cuestionamiento de los mecanismos mediante los cuales percibimos, registramos e interpretamos el mundo.
En lugar de ofrecer respuestas, sus piezas operan como sistemas abiertos donde el tiempo, la espera y el acontecimiento incompleto producen una experiencia contemplativa que oscila entre lo científico y lo poético.
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En Presagio, Orión, la dimensión procesual adquiere protagonismo. Mediante un mecanismo manual que activa el desplazamiento de una imagen circular, la obra introduce la noción de movimiento como herramienta para pensar el tiempo. El cielo deja de ser una representación fija para convertirse en un acontecimiento en transformación constante. El dispositivo expone la fragilidad de los sistemas que utilizamos para medir, registrar y comprender el mundo, revelando que toda observación está inevitablemente atravesada por la interpretación y el error. La pieza también nos invita a no perder de vista que las estrellas —representadas aquí por los orificios del objeto— son, de algún modo, origen del sonido y, por extensión, de la música. Así, la obra establece un vínculo poético entre el cosmos, la escucha y la experiencia humana, sugiriendo que toda conexión, ya sea visual o sonora, nace de la necesidad de dar sentido a aquello que nos separa.
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En Espejo # 2 – Proyecto Fijarse en los destellos, la imagen aparece fragmentada y suspendida dentro de una superficie reflectante. El paisaje parece descomponerse en una serie de interrupciones visuales que recuerdan errores digitales o señales defectuosas. Sin embargo, lejos de hablar únicamente sobre tecnología, la obra investiga cómo se construye la memoria a partir de fragmentos incompletos. Lo que observamos nunca se presenta como totalidad; surge a partir de vacíos, pérdidas y zonas inaccesibles que completamos desde la imaginación.
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En Noche # 1 – Proyecto Mirar el mar de noche, Salomé propone una experiencia límite de la percepción. A primera vista, la imagen parece aproximarse a la abstracción; sin embargo, lentamente emerge la presencia de un horizonte apenas visible. El mar y el cielo se funden en una misma oscuridad, obligando al espectador a permanecer en la incertidumbre. La obra transforma la contemplación en un ejercicio de atención, evidenciando cómo la percepción siempre depende de aquello que apenas logramos distinguir.
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En la obra Anteproyecto sobre el cielo # 1, la observación astronómica se transforma en una meditación sobre la distancia. La obra presenta un fragmento de constelación contenido en un pequeño objeto articulado, casi íntimo, donde las líneas que conectan las estrellas evocan simultáneamente mapas celestes y sistemas de comunicación. La constelación deja de funcionar como referencia científica para convertirse en una metáfora de las conexiones humanas: trazos invisibles que intentan unir puntos separados por vastas extensiones de tiempo y espacio. En este sentido, la pieza también pone en diálogo dos imaginarios culturales opuestos: el espejo roto, tradicionalmente asociado a la mala suerte, y la estrella fugaz, vinculada al deseo y a la buena fortuna. Mientras uno remite a la fractura y la pérdida, la otra encarna la posibilidad y la esperanza. La obra se sitúa en ese espacio de tensión simbólica, sugiriendo que la observación del cielo no solo es una práctica de conocimiento, sino también un ejercicio de imaginación en el que proyectamos anhelos, presagios y formas de dar sentido a la incertidumbre.
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Dentro del panorama propuesto por Emergentes 2, la obra de Salomé Rojas introduce una reflexión sobre la distancia como condición contemporánea. Sus piezas construyen metáforas sobre el fracaso, la espera y la imposibilidad de una conexión absoluta, articulando imágenes y dispositivos que operan desde la interrupción más que desde la certeza.
Su práctica nos recuerda que toda comunicación contiene vacíos y que, precisamente en esos espacios de inestabilidad, aparecen nuevas formas de sensibilidad y experiencia.
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