Lejos de entender el movimiento como ruptura o migración lineal, la obra plantea una continuidad sensible donde las ciudades vividas —Montevideo, Porto Alegre, Río de Janeiro, São Paulo y la frontera Rivera–Livramento— operan como duraciones simultáneas. El tiempo deja de ser una secuencia para convertirse en una materia flexible: capas de memoria, experiencia y percepción que se superponen y se reescriben en el presente.
El trabajo se articula a partir de fragmentos urbanos, gestos, texturas digitales y objetos cotidianos que no buscan representar lugares específicos, sino activar resonancias. Las ciudades aparecen como archivos vivos, inestables, donde cada imagen funciona como un campo de negociación entre lo recordado y lo percibido. En este sentido, la frontera —entendida no como límite sino como zona de contacto— se vuelve un eje conceptual clave: un territorio poroso donde la identidad, el lenguaje y la experiencia se expanden sin fijarse.
Desde una sensibilidad nómade, la obra propone una cartografía afectiva en permanente transformación. La sutileza visual y la fragmentación estructural invitan a una relación activa con el espectador, que debe recorrer la imagen como quien atraviesa una ciudad desconocida: sin mapa cerrado, atento a los desvíos, los silencios y las superposiciones. Cada pieza es así una huella temporal, un registro de tránsito donde nada se repite y donde el sentido permanece siempre abierto, en movimiento.
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