El 26 de abril de 1986, la explosión del reactor número 4 de la central nuclear Vladimir Ilich Lenin de Chernóbil marcó uno de los desastres tecnológicos más devastadores del siglo XX. Cuarenta años después, Chernóbil continúa irradiando preguntas urgentes sobre poder, tecnología, fragilidad humana y memoria colectiva.

En 40 Años Después: Mirar Chernóbil, el artista Ricardo Arispe presenta un cuerpo de obra que surge de su visita directa a la Zona de Exclusión y del vasto trabajo visual y documental que realizó para un libro publicado con motivo del 30º aniversario del accidente. Aquel proyecto —resultado de un encuentro íntimo y profundamente humano con uno de los territorios más impactantes de la historia contemporánea— se convierte hoy en el núcleo conceptual y estético de esta exposición.

Arispe recorrió espacios detenidos por la radiación y el abandono: escuelas vacías, viviendas congeladas en el tiempo, objetos cotidianos transformados en reliquias contaminadas. A través de la cámara, registró no solo lo visible, sino también lo ausente: vidas suspendidas, memorias fracturadas y un silencio denso que atraviesa todo su trabajo.

La muestra dialoga con aquel material originario —fotografías, notas y archivos del proyecto del 30º aniversario— para reactivarlo desde una mirada crítica y sensible a cuatro décadas del accidente. Al mismo tiempo, integra obras desarrolladas durante los últimos diez años e incorpora nuevas exploraciones visuales mediante el uso de inteligencia artificial. Cada pieza funciona como una entrada a una memoria física y emocional, donde el desastre no aparece como un evento cerrado, sino como un símbolo persistente de las vulnerabilidades y responsabilidades humanas.

Más allá de la documentación, Arispe transforma la experiencia en un lenguaje visual que combina crudeza y poética. Sus obras revelan la tensión entre lo que sobrevive y lo que desaparece, entre la ruina material y la persistencia del recuerdo, entre el daño visible y aquel que continúa operando en silencio. La exposición plantea preguntas incómodas pero necesarias:
¿qué significa volver a mirar Chernóbil hoy?, ¿qué aprendimos?, ¿qué seguimos ignorando?, ¿qué formas de destrucción continuamos reproduciendo?, ¿qué territorios —físicos y simbólicos— estamos dejando como legado?