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A lo largo de más de cuatro décadas de trabajo continuo, su obra ha construido un lenguaje propio, reconocible y fiel a una búsqueda interior. La crítica ha señalado dos grandes momentos en su trayectoria: una primera etapa marcada por la intensidad del dibujo, el gesto y la figura contenida —donde la tela, la cuerda, el nudo o el cuerpo velado aparecen como tensiones simbólicas— y una segunda etapa, que se despliega desde finales de los años ochenta hasta la actualidad, donde el color y la luz adquieren un peso central. En esta madurez pictórica, la pintura se vuelve atmósfera, vibración, respiración.
En las obras de María Eugenia el vacío no es un fondo neutral: es un espacio activo, un territorio espiritual. Los campos de color, muchas veces sutiles y luminosos, parecen emerger lentamente, como si la pintura se estuviera revelando ante nuestros ojos. No hay estridencia ni exceso; hay contención, equilibrio y una profunda conciencia del espacio pictórico. Cada cuadro es una invitación a detenerse, a escuchar lo que ocurre entre el color y el silencio.
Paralelamente a su producción artística, Maria Eugenia ha desarrollado una intensa labor pedagógica. Como docente en instituciones fundamentales del país y ha transmitido a generaciones de estudiantes no solo técnicas, sino una ética de la mirada: una comprensión del arte como proceso, pensamiento y experiencia sensible. Su rol como artista y formadora refuerza la dimensión profunda y coherente de su legado.
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