
Llegó a Maracaibo en 1950, sin hablar español, y encontró en el dibujo un lenguaje alternativo para comunicarse. Esta experiencia marcó su vínculo con la pintura como medio de expresión esencial. Se formó en la Escuela de Artes Plásticas Julio Arraga y luego en la Escuela Superior de Bellas Artes de París, donde absorbió influencias de maestros como Roberto Matta y Georges Mathieu, sin dejarse encasillar por los “ismos” de la crítica.
Su obra más emblemática, Materias Flotantes, surge en los años 60, en plena efervescencia de la carrera espacial. Hung traduce ese impulso tecnológico en un lenguaje plástico que evoca la expansión del universo, la energía suspendida y la soledad del hombre frente al infinito. Con una paleta reducida —amarillo, azul, rojo, blanco y negro— logra composiciones de gran fuerza visual, donde el color se convierte en energía cromática y los trazos en signos en movimiento.
Hung practicó el minimalismo desde una perspectiva espiritual, influenciado por el taoísmo y la caligrafía asiática. Su pintura no es solo gestualidad libre, sino una meditación sobre el vacío, la materia y la transformación. En sus obras, un ave puede convertirse en antena, y un trazo en metáfora del cosmos. Esta dialéctica entre lo visible y lo sugerido le permitió trascender las fronteras entre lo figurativo y lo abstracto.
Premiado en salones nacionales e internacionales —como la Bienal de São Paulo y el Salón Arturo Michelena—, Hung mantuvo una postura ética alejada del mercado y la fama. Su legado es el de un artista que, desde la periferia, construyó un universo propio, donde la pintura es lenguaje, energía y contemplación. Su obra sigue siendo una invitación a mirar más allá de lo evidente, hacia lo esencial.
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